A los 4 años empezamos a compararnos.
- Yabebiry

- 19 feb
- 4 Min. de lectura
Y algo del trazo empieza a tensarse.

Volver al trazo no es volver a dibujar “bien”. Es volver a una relación más viva, más honesta y más corporal con lo que aparece.
Por eso, Yabe no se trata solo de crear más, sino de mirar cuándo y cómo empezamos a alejarnos de la energía creativa. Y uno de esos momentos clave aparece alrededor de los 4 años.
La escena que no esperaba. Hace un tiempo me pasó algo que me descolocó. Me senté a dibujar con mi hija, como tantas veces. Le acerqué su cuaderno y le dije: ¿Dibujamos juntas?
Ella me miró y respondió con absoluta naturalidad: Mejor dibujá vos. A mi no me sale tan bien. Y por un segundo, se me cayó el alma.
¿Cómo podía estar pasando esto? ¿Cómo podía decir eso mi hija de tan sólo cuatro años, teniendo una madre mentora creativa? ¿En que había fallado?
Durante unos segundos me sentí una impostora, como si todo lo que enseñó sobre confianza creativa no hubiera servido en mi propia casa y con mi propia hija.
Pero desde luego... el problema no era ella, sino mi ego. Nada de este asunto se trataba de mi. Era su propio proceso evolutivo manifestándose. Y no bien pude correrme de esa herida narcisista, vi la oportunidad hermosa que esta etapa me brindaba: acompañar a mi hija en su desarrollo creativo.

¿Qué cambia a los 4 años?
A esta edad ocurre algo sutil pero profundo. El niño ya no solo hace, empieza a mirarse haciendo y se consolida progresivamente la noción de “yo”. Y con ello, la mirada del otro adquiere peso. Surge la necesidad de pertenecer.
Desde la psicología del desarrollo sabemos que en la etapa preescolar los niños empiezan a construir criterios para evaluar: comparan resultados, observan diferencias y buscan ubicarse dentro del grupo.No es un error.
No es un problema. Es crecimiento, parte natural del desarrollo y esta entrada no busca demonizar la comparación; que llega a nuestras vidas con varios beneficios.
Pero también, marca un punto de inflexión en la relación con nosotros, los otros, el trazo y la energía creativa, en toda su expresión.
La comparación: función necesaria, efecto colateral.
Compararse cumple una función: nos ayuda a ganar autonomía, ubicarnos dentro de los grupos, aprender por observación, detectar diferencias y desarrollar habilidades. Es parte de la construcción de identidad y de los primeros brotes de autoestima: "yo soy buena en...”, “esto se me da mejor que...”.
La comparación no es el problema, sino el lugar y la jerarquía que adquiere en nuestras vidas. Cuando deja de ser una de las tantas referencias posibles y se convierte en la única medida válida de autopercepción y juicio, ahí si la cosa se complica.
El trazo cambia, la exploración se evapora y la expresión empieza a bloquearse. Nuestra energía creativa entra en jaque, porque ya no importa tanto lo que aparece, sino su supuesta calidad, técnica, propósito o talento. El gesto deja de ser experiencia y empieza a ser evaluación.
Y entonces hacer, crear, experimentar... pierde sentido si no somos buenos, si no quedamos bien parados o si no podemos mostrarlo con orgullo.
El cuerpo, aunque no lo entienda en términos conceptuales, lo registra. Se tensa, se protege, se repliega... y el trazo, lo cuenta.

Cuando la autoobservación se vuelve un bloqueo.
La autoobservación es necesaria para crecer. Tomar conciencia de uno mismo es sinónimo de madurez. La comparación aparece porque necesitamos referencias para ubicarnos.
El problema no es que exista, sino que muchas veces se desborda y genera rigidez.Demasiada auto observación tensiona el gesto y cuando eso pasa, el cuerpo se protege. Da miedo... Y la creatividad necesita riesgo, juego, imperfección y movimiento. Necesita flexibilidad y fluidez.
Justo todo lo que la comparación paraliza, cuando se instala como juez permanente. Porque no es la capacidad lo que desaparece, sino el “yo puedo”. Que no se va... pero se esconde detrás de la gran evitación: “no quiero dibujar”, “no me sale”, “no se dibujar”, “¿qué sentido tiene?”.
El rol del adulto: presencia antes que corrección.
Hay algo clave que suele pasar desapercibido: el niño no solo percibe lo que se le dice, percibe cómo el adulto se vincula con su propia expresión.
Si el adulto dejó de dibujar, si se compara, si se corrige en exceso, si evita el trazo…
Eso se transmite, incluso sin palabras. El ejemplo siempre pesa más que la consigna.
Y volviendo a la anécdota de mi hija —que no quería dibujar conmigo porque, según ella, yo lo hacía mejor— hay algo casi entrañable en esa escena: no sé si lo hago mejor y de hecho, poco importa.
Porque lo que mi hija todavía no sabe, es que yo no soy necesariamente una adulta que dibuja bien. Sino una adulta que siguió dibujando.
Y eso es lo que quiero y puedo enseñarle. Ni talento, ni técnica... Juego y persistencia. La importancia de nunca jamás abandonar el trazo.
Dibujar para conectar, no para producir.
Volver al trazo, en Yabe, es recuperar el dibujo como lenguaje visual, espacio de encuentro y juego compartido.
Dibujar juntos no es enseñar a dibujar mejor, ni corregir, o mostrar cómo se hace “bien”. Es habitar un espacio horizontal, donde el trazo no se evalúa y creamos para conectar.
Dibujar en familia como práctica de percepción.
Te invito a dibujar en familia sin consignas rígidas, ni objetivos productivos, para habilitar:
– Un lenguaje visual compartido.
– Un espacio sin jerarquías.
– Memoria emocional.
– Presencia real.
– Regulación del sistema nervioso.
Cuando el movimiento es libre y no evaluado, algo se acomoda. La neurociencia muestra que el movimiento manual activa redes profundas de integración. El trazo no es solo gráfico: es corporal. Cuando dibujamos, el cuerpo piensa, siente sin presión y se abre.
Volver al trazo no es retroceder... No se trata de “volver a ser niños”. Sino de recuperar una relación más sana con la expresión y acompañar a aquellos que cuidamos en una educación creativa real. Una que no enseña con consignas, sino con presencia.
Porque acompañar esta etapa no es solo sostener el proceso del niño. Es animarnos a mirar nuestro propio bloqueo, reconocer cuando nos comparamos, dejamos de jugar y abandonamos el gesto. Es una gran oportunidad de revisar nuestra propia relación con la comparación y tal vez, también, volver al trazo.





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