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Hablemos de Gestión Creativa.

12 ago
6 min de lectura

Actualizado: 13 ago

¿Qué significa gestionar algo que, por definición, parece necesitar libertad?


Solemos asociar la creatividad con el talento, la inspiración y la capacidad de tener buenas ideas. Pero con el tiempo empecé a entenderla diferente: como una práctica.

Porque tener una buena idea es apenas una parte del proceso creativo... Una idea también necesita condiciones para desarrollarse. Necesita tiempo y energía, pero también foco, decisiones, conversaciones, recursos, experimentación y dirección. Necesita saber cuándo avanzar y cuándo detenerse. Qué conservar, qué descartar y qué poner a prueba.


De eso se ocupa la Gestión Creativa: de crear y sostener las condiciones que permiten que la creatividad se desarrolle, encuentre dirección y tome forma.


No se trata de controlar la creatividad ni de convertirla en una máquina de producir. Todo lo contrario. Se trata de entender qué necesita un proceso creativo para prosperar sin quedar librado únicamente a la inspiración.


Porque podemos tener una gran idea y no saber por dónde empezar. Podemos tener veinte, o treinta y no saber cuál elegir. Podemos empezar un proyecto con muchísima energía y abandonarlo cuando desaparece la novedad. Podemos tener clarísimo qué queremos hacer y aun así postergar el momento de hacerlo.

O reunir un equipo lleno de talento y no conseguir que sus ideas sincronicen, ni avancen.


En todos esos casos, el problema no necesariamente es la falta de creatividad, sino la manera en que la estamos gestionando.


Gestionando creatividad, desde hace veinte años y sin saberlo. Durante mucho tiempo pensé que mi vida profesional y mi vida creativa iban por carriles diferentes. De lunes a viernes trabajaba en branding, marketing, comunicación y gestión de proyectos creativos. De hecho, es lo que hago desde hace más de veinte años: trabajar en creatividad aplicada, ocupando lugares entre el cliente y el creativo, la estrategia y la ejecución.


Nunca fui la directora de arte, la redactora creativa ni la diseñadora gráfica. Tampoco elegí dedicarme al arte, aunque lo dudé —y lo sigo dudando cada tanto— porque me encanta y me da muchísimo placer.


Pero elegí otra cosa. Algo que en ese momento no sabía muy bien cómo nombrar, pero que definitivamente me atraía: participar del complejo mundo de las ideas.



Germinarlas, abonarlas y encauzarlas. Traducir una necesidad a un brief, estructurar el caos, hacer preguntas antes de buscar respuestas, ayudar a un equipo a encontrar dirección, acompañar, corregir, orientar, conectar personas, disciplinas y decisiones.


Y, especialmente, cuidar algo que en los procesos creativos puede perderse muy fácilmente: el para qué empezamos a hacer todo esto.


Siempre disfruté ese lugar bisagra donde la creatividad se encuentra con la estrategia y empieza a tomar forma.


Mientras tanto, fuera del trabajo, yo también seguía dibujando, garabateando, escribiendo y creando. No necesariamente para vivir de eso, ni para demostrar talento. Lo hacía porque era mi manera de pensar, bajar el ruido y relacionarme con mi propia creatividad. En otras palabras, autogestionar mi energía creativa.


Y durante mucho tiempo, pensé que esas dos facetas debían convivir separadas.

Por un lado estaba mi profesión: estratégica, estructurada, orientada a objetivos. Y por otro, mi expresión: intuitiva, lúdica, desordenada... ¿Escriben poesía los ejecutivos de marketing? ¿Dibujan los profesionales serios?


Hasta que apareció Yabe

Al principio, Yabe fue simplemente una ventana expresiva donde compartir mis dibujos, mis textos y mis ideas. Un alter ego, una fachada, una ventana y, también, un escondite.


Pero cuanto más avanzaba, más difícil se volvía mantener esas dos partes separadas. Las personas que empezaron a acercarse a trabajar conmigo no venían para aprender a dibujar. Tampoco necesitaban que las ayudara a “ser más creativas”. Ya lo eran.


Llegaban con un proyecto, una marca, un taller, un equipo, una idea que necesitaba dirección. Con ganas de hacer algo y, muchas veces, con dificultad para decidir cómo.


Una y otra vez terminábamos hablando de cosas parecidas:


  • Cómo tomar decisiones.

  • Cómo ordenar ideas y procesos.

  • Cómo recuperar claridad.

  • Cómo sostener la energía cuando desaparece el entusiasmo inicial.

  • Cómo elegir prioridades.

  • Cómo construir un buen equipo creativo.

  • Cómo dar y recibir feedback.

  • Cómo probar una idea sin tener que construirla entera.

  • Cómo aprender de lo que sucede y ajustar.

  • Cómo evitar que una buena idea se quede solamente en eso: una buena idea.


Y entonces apareció algo bastante evidente. No faltaban ideas. Faltaba una manera de dirigirlas.



Fue en ese proceso de expresarme, animarme, exponerme y trabajar con otras personas que por fin encontré el punto de encuentro entre cosas que durante años había pensado por separado. Mi profesión y mi expresión. La estrategia y el juego. La estructura y la intuición. Mis rectas y mis curvas.

Y así descubrí que eso que llevaba haciendo prácticamente toda mi vida profesional tenía un nombre: Gestión Creativa.



¿Pero qué gestionamos cuando gestionamos creatividad?


No gestionamos la creatividad como quien administra una planilla. Sino que gestionamos las condiciones que la rodean. Porque una idea no existe en el vacío. Existe dentro de una persona, un proyecto, una organización, un momento determinado y una cantidad limitada de tiempo, energía y recursos.


Por eso, gestionar creatividad puede significar cosas muy diferentes. A veces necesitamos bajar el ruido para poder pensar. Otras, elegir entre diez posibilidades. A veces necesitamos dejar de pensar y probar. Otras, frenar una ejecución que empezó demasiado rápido y volver a preguntarnos para qué estamos haciendo lo que estamos haciendo.


Puede implicar crear estructura. Pero también proteger espacios sin estructura.

Definir un objetivo. O permitirnos explorar antes de definirlo. Poner una fecha, cambiar una fecha. Pedir ayuda, incorporar otra mirada. Descartar algo en lo que trabajamos durante semanas, nos aconsejaron o creímos...


Gestionar creatividad no significa hacer más. Significa entender qué necesita el proceso en cada momento. Y eso puede suceder en distintas escalas.



Gestionar nuestra propia creatividad


A veces el proyecto somos nosotros mismos. Tenemos demasiadas ideas y ninguna dirección. Empezamos cosas que después nos cuesta sostener. Postergamos un proyecto que realmente nos importa. Nos comparamos. Dudamos. Perdemos energía. Esperamos sentirnos inspirados para volver a empezar.


En esos casos, no necesariamente necesitamos trabajar sobre nuestro talento.

Muchas veces necesitamos trabajar sobre las condiciones.


Nuestros ritmos. La energía disponible. Los bloqueos. La confianza. La manera en que tomamos decisiones. Las expectativas que ponemos sobre lo que hacemos. Los sistemas que construimos para poder sostenerlo.


Porque gestionar nuestra creatividad también implica conocernos lo suficiente como para dejar de exigirle a nuestro proceso que funcione de una manera que no es la nuestra.



Gestionar un proyecto creativo


Otras veces el desafío tiene nombre propio. Una marca, un emprendimiento, un producto, un taller, un libro, una experiencia, un evento. Básicamente una idea que queremos potenciar o convertir en realidad.

Y ahí aparece otra dificultad: ¿qué hacemos primero?


Muchas veces pensamos inmediatamente en ejecutar. Necesitamos un logo, una web, redes sociales, un diseñador, un fotógrafo, una campaña. Y quizás sí.


Pero antes suele hacer falta entender qué estamos construyendo. Para quién. Qué queremos generar. Qué necesitamos aprender. Qué podemos probar. Qué decisiones son importantes ahora y cuáles pueden esperar.


La Gestión Creativa ayuda a construir ese recorrido. No necesariamente haciendo cada una de esas cosas, sino dándoles sentido y dirección antes de ejecutarlas.



Gestionar creatividad entre personas

Y cuando las ideas dejan de depender de una sola persona aparece otra capa de complejidad. ¿Cómo colaboramos? ¿Cómo damos feedback sin apagar una idea? ¿Cómo hacemos lugar a perspectivas diferentes sin perder dirección? ¿Cómo alineamos creatividad y estrategia? ¿Cómo evitamos que cada reunión vuelva a abrir decisiones que ya habíamos tomado? ¿Cómo articulamos talentos, roles, tiempos y expectativas?


Un equipo puede estar lleno de personas extraordinariamente creativas y aun así tener enormes dificultades para crear juntas. Porque el talento individual no garantiza un buen proceso colectivo.


Ahí también aparece la Gestión Creativa: no para controlar lo que las personas crean, sino para construir mejores condiciones para que puedan crear juntas.



Gestionar no es domesticar la creatividad.


Esta distinción me importa y mucho. Porque hablar de “gestión” puede hacernos pensar rápidamente en productividad, eficiencia, cronogramas, entregables y resultados.


Y todo eso puede formar parte de un proceso creativo. Pero no es todo el proceso.


La creatividad también necesita tiempo aparentemente improductivo. Curiosidad, juego, exploración, conversaciones que no sabemos adónde van. Ideas que finalmente descartamos. Pausas, aburrimiento, incertidumbre.


Gestionar creatividad no significa eliminar ese caos. Significa aprender a convivir con él sin quedar atrapados ahí.


Encontrar una estructura suficientemente firme para sostenernos y suficientemente flexible para permitir que aparezca algo que todavía no habíamos imaginado.


Entonces, ¿qué hago exactamente?


Hoy acompaño a personas, proyectos y equipos en esos procesos. A veces a través de mentorías individuales. Otras, trabajando sobre un desafío creativo concreto. Y otras, acompañando equipos y organizaciones.


Pero el punto de partida suele ser bastante parecido en todos los casos:


  1. Preguntar.

  2. Entender dónde estamos.

  3. Qué queremos construir.

  4. Qué está trabando el proceso.

  5. Qué necesitamos cuidar.

  6. Qué podemos probar.

  7. Y cuál puede ser el próximo paso posible.


No parto de una fórmula única porque no creo que exista. Mi trabajo consiste en ayudar a construir sistemas creativos que tengan sentido para las personas, los proyectos y los equipos que tienen que habitarlos.


Sistemas que permitan avanzar, sí. Pero también pensar, explorar, aprender, cambiar de dirección y sostenerse en el tiempo.


Durante años pensé que tenía una profesión y, por otro lado, una vida creativa.

Hoy creo que estaba mirando mal. Siempre estuve trabajando sobre lo mismo.

A veces con un brief. A veces con un equipo. A veces con una marca. A veces con un cuaderno y un garabato.


Cambiaban las herramientas, los contextos y los objetivos. Pero la pregunta era bastante parecida: ¿Qué necesita esto para poder desarrollarse?



Encontrar la Gestión Creativa no fue descubrir algo nuevo. Fue ponerle nombre a algo que llevaba más de veinte años haciendo. Y quizás por eso Yabe hoy se siente menos como un proyecto paralelo y más como un lugar de integración.

Un espacio donde finalmente pueden convivir mis rectas y mis curvas.



 
 
 

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